LO QUE EL VIENTO NO SE LLEVÓ

Me apartaron de mi familia cuando aún era muy joven, aunque por aquel entonces ya me había convertido en un roble de raíces profundas, tan robusto como cualquier adulto. Todavía recuerdo ese día de primavera en el que fui separado de mi base. Recuerdo cuando las hojas de mi copa, verdes y hermosas, se desplomaron reclamando el oxígeno que se les negaba. Los leñadores llegaron con sus hachas y sus sierras, sin piedad, sin importar las historias contadas en cada veta. Arrasaron el bosque. Pisotearon la integridad de sus habitantes. Respetaron únicamente a unos pocos.

 

Mis astillas temblaron sin control tras ser llevado a un lugar repleto de sierras circulares, cintas transportadoras y zonasde almacenamiento. Pensé que era el fin; sin embargo, fui sometido a un proceso de renacimiento que, aunque escapabaa cualquier entendimiento, me transformó en lo que ahora soy: una puerta firme y majestuosa destinada a proteger el umbral de mi nueva familia, con la misma nobleza como la de antes, cuando protegía del sol a las delicadas flores que crecían en el claro. Conservaron las jóvenes vetas, sin quebrar la esencia. Así permaneció intacta mi alma.

 

Me adoptó un grupo de jóvenes excursionistas, alegres y encantadores, que decidió quedarse un tiempo por esas tierras. Confusa, fui instalada en una débil casita de paja. La adaptación resultó fácil, pues compartí momentos muy especiales. Me mantenían abierta durante el día y cerrada durante la noche. Los protegía de las amenazas y procuraba su intimidad.

El tiempo transcurría entre las idas y venidas de los chicos, fiestas, cantos dichosos y bailes. Disfrutaban de los días como adolescentes sin responsabilidades; por las noches descansaban relajados, se sentían seguros con mi presencia.

Todo parecía perfecto, hasta que el clima se volvió adverso y lanzó, a modo de aviso, unas ráfagas de viento inusuales por esa época del año.

Largas conversaciones tuvimos entonces sobre la fragilidad de esas paredes. Intenté convencerlos de que era necesario construir algo más robusto, pues se antojaba una tarea difícil la de protegerles ante tal vulnerabilidad. Con una puerta tan sólida como lo eres tú ¿Quién teme al viento? Déjanos disfrutar de esta maravillosa vida, me respondían.

De repente, todo cambió al oírse los inquietantes aullidos del viento. Corrieron hacia el interior, me cerraron con fuerza y confiaron en que yo les protegería.


Las intensas ráfagas, convertidas en un remolino agresivo, avanzaban directamente hacia nosotros y exigían, con furia, que nos apartáramos de su camino.

Los chicos se metieron bajo la cama, como si este acto fuera a salvarles. Algunos temblaban, otros lloraban, otros gemían. Se cubrieron la cabeza con las manos. Yo, en cambio, me preparé para la embestida.

La tensión, como la del que espera la batalla, era de tal magnitud que me dio una fuerza arrolladora. La bestia jamás cruzaría por este paso. No obstante, no hubo tal embestida. El remolino se apiadó de nosotros y no llegó a impactar, pasó de largo, sin más. Pero bastó un ligero soplo de viento para que las paredes a mi alrededor se deshicieran, tal y como se disipa un tornado al perder su fuerza. 

Los excursionistas, que se habían quedado sin refugio, agarraron las mochilas y las botas y emprendieron la marcha colina arriba. Me dejaron abandonada en el prado, entre la paja y el polvo.

 

Varios soles vi salir, tanto se hacía de día como volvía a caer la noche. Entre sueños, intuí un vehículo parar a mi lado. La cerradura se dilató de la emoción, pues por fin me habíanencontrado. Alguien bajó del vehículo, noté como levantaban y sujetaban con cuidado cada uno de mis lados. Una pareja de recién casados me ofreció cobijo en su casa de madera, más sólida, más estable. Me instalaron junto a un silencioso y frágil marco.

No había escapatoria: debían levantar algo más sólido. Mi experiencia hablaba por sí sola; el viento soplaba demasiado fuerte por aquellos parajes como para permitirse el lujo de tal debilidad. Sin embargo, para ellos, nada podía atravesarles. Aquel hogar había supuesto un sacrificio demasiado grande como para no dejarse llevar por el descanso y disfrutar de su música. Cogieron el violín y la flauta travesera y, sin mirarme, me dieron la espalda…sentí una gran indiferencia cuando me cerraron tras ellos.

En los días siguientes, la paz del lugarel sol y la brisa suave dominaban el paisaje. El sonido de la música creaba unagran armonía en mi existencia.  Conseguí ser feliz con mi nueva vida relajada, me abría y me cerraba para que mis amigos cruzaran el umbral.

Pero los aullidos amenazantes volvieron y con ellos, el viento. En esta ocasión en forma de tornado, que imponía, agresivo, su derecho a avanzar.

—Se trata de un EF2, —decían los lugareños —¡Nada que no puedan resistir nuestras construcciones!

Ante la mirada incrédula de mis amigos, el tornado abofeteó furioso. Se acurrucaron junto a mí. Cerré con fuerza, memantuve firme, grité ante las amenazas de esa fuerza implacable, mis bisagras se resistieron con valentía, pero no fuesuficiente; el marco no colaboró, sucedió lo que con tanto ahínco intenté evitar…la casa cedió y yo con ella. 

Trasladaron a mis amigos al hospital del pueblo; jamás volví a verlos. Y yo quedé nuevamente olvidada, enterrada entre tablones viejos y astillas.

 

Tras el paso del tornado, el equipo de voluntarios que reconstruyó la zona me recogió de entre los escombros. Sanaron las heridas, reforzaron mi cuerpo y mejoraron el aspecto con un barniz que lucía brillante y se intuía duradero. De nuevo volví a ser esa puerta majestuosa, tal como fui el roble de antaño.

Todos trabajaban sin cesar, construían grandes estructuras de ladrillo y metal. Tan solo descansaron cuando el último ladrillo dio por concluida la construcción. Esas grandes edificaciones se convirtieron en el símbolo del esfuerzo colectivo.

Me instalaron en una nueva casa, resistente y sólida, junto a un robusto marco. Nos complementamos el uno con el otro. En la nueva familia, vi nacer a tres chiquitines que cuando se pusieron en pie correteaban todo el día. Mis nuevas tareas incluían la seguridad de los pequeños que me abrían y me cerraban constantemente, debía procurar que ningunode ellos se hiciera daño cuando pasaban por mi lado. Mi existencia, en esta ocasión, era doblemente útil, mi vida al fin tenía un sentido.

Ahora bien, las sirenas sonaron. El cielo oscureció y un silencio inquietante dio paso al rugido más ensordecedor que he sentido jamás. Una enorme columna giratoria, que se hacía llamar EF4, se acercaba veloz y arrastraba consigo todo lo que alguna vez se mantuvo firme. Los cristales estallaron de golpe, fragmentos brillantes salieron disparados en todas direcciones; muebles, cortinas, papeles, objetos…giraban sin control. Los pequeños, enganchados al cuello de sus papas, no dejaban de llorar. Se lanzaron todos al suelo, a mi lado. Los padres cubrieron a sus hijos con sus propios cuerpos, de modo que formaron un escudo humano. Ellos mismos se protegieron la cabeza con las manos, intentando mantener la calma en medio de todo ese caos.

Tocó librar la batalla más terrorífica de todas. Ahora debía yo demostrar mi valía. Me necesitaban, no podía fallar. Todo apuntaba a que esta vez sí que llegaba el fin. En aquel instante volvieron a la memoria mis orígenes: la familia derobles, pensé en que habría sido de ellos, qué suerte habrían corrido, imaginé cómo las raíces brotaban nuevamente enmi ausencia. Me pregunté si dejé algo de  en ese bosque del que fui arrancado. Sin embargo, ya no estaba sola, esta vez, los ladrillos, el marco y yo no nos movimos, no rechinamos, no temblamos. Todos nosotros, con orgullo, unidos, en equipo, logramos sobrevivir a la bestia.

Logré por fin proteger a mi nueva familia; ser esa puerta que el viento no pudo traspasar, esa puerta que el viento no se llevó.







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