LAZOS DE ALMA

Al alba, camino sin rumbo y, sin saber cómo, vuelvo a ese pequeño banco del Jardín de la Tamarita donde quieta, pensativa, observo a la gente pasar y a un grupo de palomas que se acercan y me rodean en busca de algo para picotear. No tengo nada, nada que ofrecer a nadie, ni tan siquiera a las palomas, las cuales, en silencio, brindan compañía. Siento como se agota el tiempo, siento buscar algo sin encontrarlo. Enfoco todo el esfuerzo en recordar, lo intento, de veras, pero sin éxito, sin mis recuerdos, sin saber quién soy.  

Pasan las horas, y sigo en La Tamarita, cansada de estar sentada, de pensar y pensar sin ningún resultado, de mirar fijamente a esas pequeñas palomas que ya no me prestan atención y se marchan hacia a un señor que les ofrece pan y, por supuesto, se antoja mejor compañía. Decido, entre pasos vacilantes, dirigirme a un pequeño estanque en el que mi figura se proyecta sobre el agua. Sorprendida, retrocedo; no sé bien lo que esperaba encontrar en ese reflejo tan nítido como un espejo, pero la persona de esa imagen tan clara, no soy yo, no reconozco ese rostro. El aspecto que visualizo es el de una chica joven, de treinta pocos, vestida con un tejano acampanado y un jersey negro de hombros descubiertos que deja descansar, con elegancia, una media melena oscura que acompaña a la mirada, una mirada de penetrantes ojos verdes, perdida y triste, la cual delata la delicada situación.

Un desconocido capta mi atención, alza la mano, se acerca con seguridad —Claudia, cariño, te estaba buscando, has salido muy temprano de casa, ya me encargo yo de pedir los cafés, nos vemos allí—. No pasa de largo sin antes besarme en la mejilla. 

Sin bajar la guardia le sigo con la mirada, incapaz de articular palabra, mientras el desconocido sigue su camino indiferente a mi actitud. El sí parece conocerme, me ha llamado Claudia. Corro hacia su espalda e intento pararle, necesito preguntarle quien soy, a dónde debo ir a tomar ese café, pero al alcanzarle, al intentar tocarle, desaparece entre una niebla blanca y espesa surgida de repente —¿lo habré imaginado?—. Entonces, entro en pánico. 

Perdida entre la niebla busco con el corazón acelerado. Doy vueltas sin sentido, miro a uno y otro lado; noto el abrazo frío de esas gotitas en suspensión que dibujan una gran pared blanca y crece vilmente alrededor hasta que desconecto y siento, únicamente, oscuridad.

 

Unas horas antes

 

Amanece un nuevo día en mi caliente y cómoda camita. Deslizo el mullido edredón con ayuda de los pies, me incorporo e intento encontrar las zapatillas, con muchísimo sueño y de muy mal humor. —¡Mal despertar tiene esta niña! —diría la abuela si estuviera aquí para verme.  

El aire impregnado con un reconfortante aroma de café invita a tomar una tacita, la cual espera sobre la mesa del salón. Sergio, con su característica alegría al levantarse, es el encargado de prepararlo y darnos los buenos días a mí y a mi hija con una gran sonrisa y mucho parloteo, lo que hace invadir el ambiente de energía positiva. 

Después de una ducha templada y escoger con cuidado el outfit, me despido de mi marido ya más espabilada —Marcho hacia la consulta del Dr., vamos a seguir con la terapia, confía en que dará buenos resultados, ya te explicaré — le informo tras besarle en los labios, a la vez que intento, muy torpe, colocarme las mangas del abrigo.

De camino reflexiono sobre mi vida, se podría definir satisfactoria y dichosa; sin embargo, hay algo que chirria, un vacío que no logro llenar, como si mi propia historia, a las puertas de la cincuentena, estuviese todavía pendiente de forjar, una constante sensación de pérdida asfixiante, algo anhelado sin tener ni idea de lo que puede llegar a ser y me quita el sueño todos los días de mi vida.

 

Todo empezó hace tres inviernos, en el Centro Comercial Illa Diagonal, en mi cuarenta y siete cumpleaños, el día en el que caí en una especie de crisis existencial. Esa fría mañana, Valeria, una gran amiga, planeó el ir de compras, una buenísima idea a fin de aligerar la pesada losa impuesta por mí misma el día de mi cumpleaños. Fue entonces, mientras paseábamos entre tiendas y oía sin escuchar las historias de Valeria, la mente decidió provocarme un intenso e inquietante suceso: a cada paso dado por el espectacular pasillo repleto de boutiques, la inquietud aumentaba, el corazón se desbocaba sin sentido y el pecho oprimía. En un principio pensé que se trataba de una especie de inoportuna ansiedad al no aceptar la edad, por lo que no le di más importancia; no obstante, mientras avanzábamos, la agitación aumentaba. Tras probarnos varios vestidos, esa ansiedad tan molesta congeló el tiempo. Me dejó paralizada en medio de la muchedumbre. Mientras estaba en un discreto intento de mantener la calma, de repente, un joven impactó contra mi hombro. Me di la vuelta para disculparme, puesto creí que mi propio despiste es el que provocó el golpe. En ese instante, un impulso rápido hizo que él también se girara, paró en seco y me observó, en silencio. Fijó sus penetrantes ojos claros en los míos…entonces, sufrí una incontrolada conexión con ese desconocido. A Valeria, que seguía hablando sin apreciar la intensidad del momento, la oía cada vez más lejos, hasta que sus palabras llegaron a silenciarse. Algo todavía más extraño sucedió a continuación, pues entré en un estado de flotabilidad; desapareció y se oscureció todo alrededor, tal como si me hubiera transportado a otro mundo lejos de ese pasillo. El cuerpo continuaba paralizado, pero la consciencia funcionaba. —¡Claudia, Claudia, te lo suplico, Claudia, no me dejes! —Me pareció escuchar como en un susurro, en el interior del oído, mientras el joven desconocido, ahí parado delante mío, me hablaba con sus ojos.

Esa noche, y las sucesivas durante los siguientes tres años, fui incapaz de conciliar el sueño. Reviví una y otra vez el extraño momento: la intensa conexión cuando deslizó hacia atrás su capucha y expuso el rostro —no debía tener más de treinta y cinco años—, y cuando frotaba una y otra vez con la palma de la mano su espeso tupé; pero lo que más me confundió fue el momento en que sus ojos, de un azul transparente, rogaron con angustia mi atención. 

Desconcertada, investigué sobre experiencias extrasensoriales, pues era muy consciente de lo que vi, lo que sentí, estaba convencida de que la locura no trascendió más allá de ese episodio. De ahí, la investigación condujo a la consulta de un Neuropsiquiatra, llamémosle, algo alternativo. Habló por primera vez sobre los lazos de alma. Este Dr. logró entenderme, a pesar del pequeño, pero a la vez, inmenso detalle: cómo pude crear un lazo de alma con una persona a la que tan solo vi unos segundos y, posiblemente, sea el fruto de la imaginación; así que, en base a esta teoría, propuso probar con sesiones de hipnosis, hurgar en lo más oculto del subconsciente hasta localizar al chico misterioso de ojos claros.

 

Hoy, al cumplir los cincuenta, decido realizar la tercera sesión. El terapeuta me acomoda en el moderno diván. Se sitúa a mi lado y con palabras suaves genera confianza; noto como la respiración se sincroniza con los latidos del corazón e induce a una relajación profunda. Entro poco a poco en estado de flotabilidad y mi energía se desprende poco a poco de la forma física e inicia un viaje entre las sombras: Llega a un lugar que se antoja lejano, donde una espesa niebla invade el espacio, un jardín público en medio de la ciudad. Me resulta familiar, siento como si fuera una situación ya vivida, un intenso déjà-vu. Veo a una chica joven, parece desorientada. Entonces…mi alma, de forma inesperada, se acopla con fuerza a ese cuerpo. La curiosidad me invade, observo prudente a través de sus ojos, que ahora son los míos, analizo la palma de mis nuevas manos, toco las caderas y a continuación me abrazo y percibo como el frío cala en los hombros descubiertos. Alzo la mirada al aparecer de la nada el chico misterioso, le sigo, corro y corro, pero las piernas no permiten un avance entre la niebla, intensa y cruel, que se interpone en el camino. 

De repente, como si un huracán azotase con fuerza la cabeza, surge de mi interior un grito de desesperación —¡Se quién es esa chica, se quién soy yo, se quién es él! —chillo, ruego al terapeuta salir del trance. Imposible asimilar el descubrimiento.

Me incorporo sudorosa y huyo del diván. Me arrincono en el suelo junto a una estantería repleta de libros. El terapeuta comprensivo, ofrece una tila y espera con paciencia una calma necesaria para continuar, ya estamos cerca, muy cerca de las respuestas. 


Tras un descanso accedo. Conecto de nuevo con ese lejano mundo. 


Siento como la energía se acopla una vez más al cuerpo joven y familiar de esa chica, en el frío suelo, pues parece ser que provoqué su desmayo. La niebla ha desaparecido y al abrir sus ojos, que ahora vuelven a ser los míos, le veo, veo al misterioso chico de ojos claros…sí, es él, lo reconozco, su nombre es Alexis y me sujeta entre sus brazos, noto su piel, su olor —¡Claudia, cariño, no me dejes! —llora y llora sin dejar de abrazarme.  

Descubro entre una mezcla de tristeza y dolor como mi gran amor me abraza en otra vida, una en la que ya no estamos, en un plano temporal donde he aterrizado a traición y pasó para nosotros, en un universo paralelo, en el que fuimos almas gemelas…y había llegado a su fin ese fatídico día, en La Tamarita, en el que el cruel destino había decido que una enfermedad coronaria me robase el tesoro más preciado, la vida. Yo me fui antes de ese mundo y le prometí, en mi último aliento, que nuestros corazones volverían a encontrarse…y sí, hemos logrado encontrarnos, por fin he hallado el perdido y anhelado lazo de alma.

Tumbada en el diván del terapeuta, la confusión aumenta tras reparar en mi yo actual. Estoy reencarnada en otro ser, feliz junto a otra familia, Sergio, mi hija, a los que adoro.

Alexis, se reencarnó a su vez en una persona más joven y quedó también su alma atrapada, sin recordarme, sin recordar ambos nuestra búsqueda… hasta que nuestros cuerpos impactaron en los pasillos del Centro Comercial. 

 

Al salir de la consulta los pasos, casi automáticos, me dirigen hacia un lugar en el que en este instante desconozco. Sorprendida, llego a la Illa Diagonal y salgo de forma repentina de los intensos pensamientos.

Aunque el caprichoso destino ha decidido que en este mundo nuestros caminos tomen direcciones diferentes, seguiremos forjando nuestra gran historia, en esta o en las próximas vidas. Forjaremos, asimismo nuevos lazos de alma, puesto que lo nuestro, nuestra conexión, nuestro amor, es eterno.


Entro con determinación por la puerta principal, debo cumplir una promesa.




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