CUANDO ALZAS LA MIRADA
Llega entonces la Navidad y la obliga a hacer un paréntesis. Escucha un susurro interior que le dice que es tiempo de alegría, de compartir, de generosidad, de ser especial.
Todo le resulta extraño cuando entra cabizbaja en el Village de Noël de una pequeña población francesa. «Disfruta el momento», le dicen quienes caminan a su lado, quienes la aprecian. Escucha esas voces como si llegasen desde muy lejos, pero las ignora y sigue fiel a esa ruta silenciosa que la conduce directa al abismo.
De pronto, las luces, la música, el corretear de los niños, las sonrisas infinitas le hacen erguir el cuello y levantar la mirada. Entonces observa a su alrededor y descubre un mundo que la espera allí arriba: un lugar rebosante de alegría. Como guiada por la inercia, sube a una de las cestas de la increíble noria y, por primera vez, se deja contagiar por el ambiente. Su rostro se transforma, los ojos se iluminan y aparece la gran cuestión, la de por qué no había alzado antes la mirada. La respuesta llega a su mente al instante: caminar siempre con la cabeza inclinada impide ver esos momentos que oxigenan el alma.
Los problemas no han desaparecido. Siguen ahí, insistentes. Pero pueden esperar. Al menos hoy. Es Navidad.

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